martes, 4 de octubre de 2016

LA HISTORIA DEL BRUJO PREHISPÁNICO QUE DESCIFRÓ EN LA PIEL DEL JAGUAR EL MÁS SAGRADO CÓDIGO

Tal vez lo sagrado, lo más divino, esté aquí y ahí escrito. Si bien omnipresente y de infinita explicitud, este texto sería paradójicamente el más hermético de todos y se condensaría en rincones ilegibles para la mayoría de nosotros: los ritmos de una milpa, los quiebres de una montaña –por ejemplo las de Tepoztlán– o las manchas que rigen la piel del jaguar.    
Encerrado en una cárcel profunda, de piedra y partida en dos por un muro, yacía Tzinacán, el brujo a quien el voraz Pedro de Alvarado apresó y, tras torturarlo sin éxito para que revelara los tesoros escondidos, mandó a encarcelar. Se acompañaba solo de sus memorias, que con el tiempo palidecen, de la oscuridad absoluta que reinaba el espacio –y que solo se rompía cuando el carcelero abría una trampa para suministrar agua y carne– y de un jaguar, su vecino en la celda conjunta.
Durante el inacabable cautiverio y advirtiendo una existencia, la suya, en franca dilución, el mago recordó una de las tradiciones de su dios, Qaholom.Previendo los tiempos oscuros que azotarían a su pueblo, este cifró en una conjunción de palabras una sentencia mágica “apta para conjurar esos males”, y que bastaría pronunciar para ser todopoderoso.  
La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido.
Tras repasar los probables lienzos elegidos por el dios para plasmar tal conjuro, Tzinacán recuerda, y el recuerdo lo emociona, que el jaguar era uno de los atributos del dios.
Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.  
Esta sincronía, aunada a su situación y a que esa noche oscura que llegó en barcos y descendió montada a caballo indicaba el “fin de los tiempos”, le sugirió que quizá era él, guardián de la pirámide de Qaholom y hoy preso para siempre, el indicado para consumar la inédita lectura. 
Se abocó entonces a impregnarse de la piel de jaguar –¿acaso no es la piel, como decía Valéry, lo más profundo?–: “Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas.”, y luego a imaginar potenciales semánticas. El arduo ejercicio, casi desquiciante, incluyó la sepultura fractal entre granos de arena soñados, en secuencia casi infinita, por él mismo. Tiempo después, no sabemos cuánto ya que el propio Tzinacán lo ignora, llegó por fin la revelación.
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). […] Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. […] Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.    
Así pues, llegó nuestro mago a esas 14 palabras, compuestas por 40 sílabas, que “bastaría decirlas para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio”. Sin embargo Tzinacán ya no las pronunciaría. Una vez penetrado el código divino, la semántica sacra, ya todo era, comenzando por él, insignificante.
Este cuento, “La escritura de dios”, fue escrito por un argentino, por cierto uno de los más refinados “imaginadores” y autores de la lengua española que hayan existido, Jorge Luis Borges. Y es evidente que la narración es rica en  lecciones universales –por ejemplo el que después de la auto-trascendencia ya no hay nada, pues lo es todo, o que el agradecimiento es una llave certera para abrir la divinidad– también representa un exquisito atisbo al misticismo mexica y, en general, mexicano.
Si bien el brujo Tzinacán, el dios Qaholom, la pirámide, la prisión y este jaguar son ingredientes de una brillante ficción –¿acaso no es todo ficticio excepto esa gran rueda de agua?-, también existen en la tradición mística de México historias por lo menos tan asombrosas como esta. Historias que al igual que esas 14 palabras están ahí, esperando a aquel que las busque y que, quizá tras agradecer su existencia y su linaje, dé con ellas.   

”La escritura de dios” forma parte de El Aleph (1949), una inolvidable compilación de cuentos de Jorge Luis Borges.

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